martes, 10 de julio de 2007

Presentación

Puchuncaví, madrugada de un domingo de verano del 97. Se escuchaban las voces apiscoladas de cuatro pendejos, “todos ya nos fuimos de aquí / todos ya nos fuimos de casa / para tocar Rock and Roll”.
La primera vez que escuché a los Esperpentos en un café concert del club deportivo General Velásquez, comenté, gratamente sorprendido, que los cabros tocaban demasiado bien para Puchuncaví, sin embargo, aún le faltaba bastante para ir a luchar a los grandes circuitos. Esto sucedía en mayo del 2000. Este compacto es una prueba de que los muchachos tomaron responsablemente su ironía y prepotencia.
En plena época del sound, en una tierra donde predominaba la cumbia y las rancheras, ellos se decidieron por el rock, y partieron por la esencia de todo rockero: la ruptura. En el pueblo, pocos comprendían a este grupo de desenfrenados que no tocaban canciones conocidas para la gente, nadie los pescaba, tres tocatas en 5 años, sólo los café concert del club deportivo eran la vitrina. El blues, el soul, el folk. Daba dividendos en sus almas, pero no en el reconocimiento del público. De hecho, en su primera presentación pública telonearon a un grupo sound y obviamente recibieron el rechazo y la reprobación del respetable; así las cosas, buscando y buscando, con el apoyo inquebrantable de sus familias, de algunos amigos y la ayuda del gobierno preparan un disco, una muestra de talento puchuncavino, un reflejo de odio perfectible para un medio donde la vida no es mejor que en Mejillones o Curepto. A pesar de todo, ellos parieron su música que, entre alcohol y a mistad, debe seguir creciendo.
Hoy por hoy, escuchar a los Esperpentos no puede ser sinónimo de exigencias exitistas, no de jingles para radio; apreciarlos requiere de ver de donde vienen, quienes son y como es posible que con esos antecedentes desarrollen ese tipo de música. De donde vienen: Puchuncaví, un pueble pequeño, de plato único bailable y rancheras, un pequeño enjuague de la mayoría de los pueblos chilenos, donde, a su manera, se multiplica lo mejor y peor de la sociedad chilena. Quienes son: jóvenes que no optaron por el ritmo fácil y perecedero del sound, ni por el escenario gratuito sin trabajo; se perfeccionaron, para afinar su talento asistieron a las escuelas de rock del gobierno. En fin, cada uno con inquietudes propias, pero con la música como amalgama. Contestadas estas inquisiciones debemos replicar cómo fue posible que en este teatro puchuncavino surgiera un grupo de rock de sus características. Las respuestas no las daremos aquí, tal vez ni los propios Esperpentos las sepan, pero frente a ese misterio, el éxito y el fracaso ya no son importantes. El solo hecho que existan como grupo en un lugar donde difícilmente hubiera prosperado un proyecto así ya es un éxito, lo demás, alegría o pena, se los dará la música.
Pasado el tiempo de los camiones acoplados que servían de escenario para las campañas políticas, quemado el día en que las almas conservadoras del pueblo rechazaban sus letras, y habiendo mutado su composición primitiva, los Esperpentos sacan su disco compacto. Sus cuatro integrantes, jóvenes hasta la imprudencia, no se arrepienten de sus embarradas de borracho, no tiene sentido de la culpa los domingos en la mañana, porque para ser músicos y ser bohemios la vergüenza no existe y si alguna razón hubiere para tenerla, sería el hecho de cargar con el rock como compañero, y la música como pareja, los únicos que pueden comprender la pasión que abraza los verdaderos sentimientos de los talentosos, no existe nada más.

Carlitos Brigante

Este texto pertenece a la presentación del disco Homónimo, lanzado el 6 de diciembre del 2002.

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